viernes, 15 de marzo de 2013

Hummus

Ola. Aquí ay una receta de humus y fotos de huno que ice.




¿Quién más se espantó al leer esa oración? Después de que la escribí, la leí y me odié por dos segundos, pero luego me acordé de que hoy no voy a hablar de los horrores ortográficos que leo a diario en el newsfeed del Facebook, sino de los homófonos (y si la miran bien, mi oración tiene perfecta ortografía, solo le faltan mínimos detalles tales como correcto orden gramatical y sentido semántico. Detalles).
¿Qué son los homófonos? Dice la RAE, para no arrancarme con los tarros:

homófono, na.
(Del gr. ὁμόφωνος, de ὁμός, igual, y φωνή, sonido).
1.  adj. Ling. Dicho de una palabra: Que suena de igual modo que otra, pero que difiere en el significado; p. ej., tubo y tuvo, huno y uno. U. t. c. s. m.



Más claro echarle agua. Bueno, los homófonos son frecuente causa de confusión y de situaciones chistosas. Diría yo que esto ocurre con más frecuencia en el inglés que en el español. De hecho, el juego de palabras tiene un término coloquial en inglés, pun, que es de un uso considerablemente más frecuente entre los angloparlantes que lo que es para nosotros denominaciones hispanas como “calambur” o “paronomasia” (creo que jamás he escuchado a nadie decir la primera y la segunda suena a procedimiento quirúrgico).




La primera vez que vi el hummus fue en un Trader Joe’s. Estos son un tipo de supermercados en EEUU donde venden, entre otras cosas, comida orgánica y vegana. Son como medio engrupidos, para qué estamos con cosas; los cajeros son hipsters y se ponen creativos poniéndole mensajes y dibujos a los cartelitos de los precios. Estaba en el pasillo de los refrigerados, cuando de repente leo “HUMMUS”.




¿Humus? Qué onda. O sea, hay gente que come cosas que me parecen, por decirlo menos, extrañas, pero ¿compost? Hummus de cilantro, jalapeño, tomate… ¿En serio comen tierra podrida saborizada? Naaah. Por un minuto me quedé plop. No reparé ni un segundo en la pequeña letra que marca la diferencia entre los homófonos “humus” y “hummus”.

El humus es la sustancia compuesta por ciertos productos orgánicos de naturaleza coloidal, que proviene de la descomposición de los restos orgánicos por organismos y microorganismos benéficos (hongos y bacterias).

Es decir, es el nombre que se le da a la tierra producto de una cochina mezcolanza de basura orgánica, llena de lombrices y que se usa para plantar cosas después y no creo que alguien se quiera comer eso.

El hummus, en cambio, es un plato hecho en base a puré de garbanzos característico de la gastronomía del medio oriente y no tiene nada de asqueroso. De hecho es bien rico. Se puede saborizar con distintas cosas y se come como una salsa para untar palitos de apio, zanahoria u otra verdura, papas fritas, nachos, galletas saladas, pan pita, en sandwiches o con lo que quieran. También se puede comer solito, ¡pero sin abusar porque es bien calórico!

Bueno, dicho esto aquí va la receta para hacer hummus y no para el humus. Si quieren humus mejor se compran una compostera.

Ingredientes:

  • ½ kilo de garbanzos pelados.
  • 1 pizca de bicarbonato
  • 2 cucharadas de tahina
  • 1 diente de ajo
  • 1 chorrito de aceite de oliva.
  • Jugo de limón, sal y pimienta (¡espinillas!) a gusto.





 Un día antes... ¡ARGH! Perdón. Me carga cuando las recetas empiezan así o con un “la noche anterior”. No hay nada más latero que disponerse a hacer algo y que te digan que debiste empezar ayer. Si la lata es mucha, venden unos frascos de vidrio con garbanzos listos en el súper, pero para mi eso es como hacer trampa y cuestan caro.


Bueno, 24 horas antes, ponga a remojar los garbanzos en agua con una pizca de bicarbonato. Cámbiele el agua a las 12 horas y no le vuelva a poner bicarbonato.




Luego, póngalos a hervir con agua fría. Le aconsejo que tenga como política nunca hervir nada en agua caliente a menos que esté precocido, como el caso de los tallarines o el arroz pregraneado, hágame caso. Una vez que el agua hierva bájele la intensidad al fuego y déjelos cocer por 2 horas aproximadamente, durante las cuales asegúrese de colar la espuma que sueltan de vez en cuando y ¡fíjese que tengan suficiente agua o si no se le quemarán! Si necesitan más, simplemente le echa más, pero tiene que ser agua hirviendo. 

Sabrá que están listos una vez que estén blanditos y pueda apretarlos (reventarlos) con los dedos, pero ¡ojo, sin quemarse!. Cuélelos y reserve el líquido de la cocción, es decir, no bote el agüita.

Lo odioso acerca de lo que viene a continuación tras todo este trabajo es que el resto de la receta no toma más de cinco minutos.

Ponga el diente de ajo, la tahina y los garbanzos en la juguera junto con un poco del jugo que reservamos, jugo de limón, sal y pimienta y hágalos puré. Una vez que esté listo vierta en un bowl, rectifique el sabor y échele un chorrito de aceite de oliva encima para decorar el asunto.

Esta receta es la base, se puede comer así o saborizado con merkén, cilantro, pesto, tomate, pimentón y un largo etcétera, que puede poner junto con los otros elementos en la juguera.




En cuanto a la tahina, no es más que una pasta de sésamo, parecida a una mantequilla de maní y que se encuentra en  algunos supermercados en esa adictiva sección de “productos del mundo” (peligroso lugar donde aflora mi consumismo en su expresión máxima, de donde siempre me llevo algo que no necesito y donde me quedo pegada al menos 10 minutos). Acá cuesta alrededor de CLP$6.000.- (como US$12). Si, es un poco caro, pero se ocupa de a poquito.



Si no la encuentran o no quieren gastar la plata, simplemente sacan su capucha roja, salen a la calle a quemar una micro y a gritar consignas revolucionarias en nombre de



¡EL HUMMUS DEL PUEBLO!

Que no es otra cosa más que hummus sin tahina.


Y... ¡a comer!





Hummus tradicional a la izquierda y a la derecha, hummus con tomate y albahaca.



jueves, 14 de marzo de 2013

Kuchen de nuez





Hasta los 18 años viví en calle Los Colonos 0416, Providencia, en el que considero por lejos el mejor barrio de Santiago, Pedro de Valdivia Norte. Tiene harto verde, está al lado del San Cristóbal donde pasé todos los fines de semana de mi infancia, las casas son bonitas, está a pocas cuadras del corazón de la comuna y a pesar de que hoy ahí vive gente con cantidades grotescas de plata y uno que otro hipster, dada su ubicación geográfica no es un lugar tan pretencioso ni tampoco huele al arribismo de nuevo rico que te hace sentir incómodo y que es inherente a algunos lugares similares de Las Condes o Vitacura.




Ya no vivo ahí, pero es donde pertenezco, mi lugar de origen y donde hoy me da una extraña sensación de sentirme en casa, pero no tener a dónde ir. Es raro ver la casa que era de uno y no poder entrar, no sé si me explico.


Si bien aún considero que es el mejor lugar de Santiago para vivir, lamentablemente ya no es ni la mitad de bueno de lo que era antes. Cuando yo era chica, se podía jugar en la calle porque no había Costanera Norte y por ende tampoco pasaban micros (aún me acuerdo del enorme pendón que había en el edificio a medio caer en la esquina de Avenida El Cerro con Pedro de Valdivia en protesta contra la carretera).


El teleférico aún funcionaba. Me da mucha pena que ya no, porque el teleférico era para mi lo que supongo para otros niños eran los columpios o los resbalines de la plaza de la esquina. Cuando cumplí 11 o 12 años, no me acuerdo bien, le dije a mi mamá que quería celebrar mi cumpleaños ahí porque muchos de mis amigos del colegio no los conocían. Me pareció la idea más chora del mundo, pero honestamente no pensé que se lo tomaría en serio, ya que probablemente saldría sumamente caro y de todas formas, ¿qué haría mi pobre madre con un grupo de 30 niños una vez que llegáramos arriba?
Sin embargo mi mamá, con lo loca que era (era, porque su maldita enfermedad ya no la dejo serlo tanto), movió cielo, mar y tierra, llamó al administrador, arrendó una cafetería en la cima y con ayuda de mi papá y de José Luis (un gay de 40 años sumamente escandaloso que era una especie de junior multifunción que tenían mis papás en ese entonces y a quien con mis hermanas nos referíamos cariñosamente como a un “hermano” (a mi mamá le decía “mami” y a mi papá, muy a su pesar, “papi”)) hicieron todo un plan de acción sumamente coordinado para subir a 30 cabros chicos saltones en grupos de a 4 a los huevitos.
Fue uno de los mejores cumpleaños que he tenido y probablemente el mejor al que hayan ido mis compañeros. Esta conclusión no es de creída, sino lo que deduzco a raíz de que cada vez que me encuentro con algún ex compañero de colegio  me recuerdan lo bien que lo pasaron esa vez.


Sin embargo, no puedo decir que para mi fue el mejor, ya que dada mi gran imaginación infantil y por sobre todo, gracias a la locura linda de mi madre y a la paciencia de mi padre, tuve cumpleaños y fiestas espectaculares de niña, entre los que se cuentan la gran celebración de un Halloween en Junio (no pregunten), fiestas de disfraces y la excentricidad de un cumpleaños arriba de un avión con destino a cualquier parte a la tierna edad de 3 años.
Te apuesto a que no me creían.

Hoy existe el Costanera Center, pero cuando yo era chica, el único lugar que había para comprar víveres en ese sector era el pequeño centro comercial que hay en Avenida Los Conquistadores atrás de la plaza Padre Letelier (donde siempre íbamos con mis hermanas a ver cómo grababan las teleseries de TVN cuando aún eran buenas). A los 8 años, mi mamá me dejó caminar solita las 7 cuadras entre mi casa y el minimarket “El Pozuelo” para comprar el pan, lo que causó una gran discusión con mi papá, quien no podía creer que su señora hubiese dejado ir a “la niña” sola y a su suerte. Tiempo después se puso una pérgola/cafetería al interior de la clínica Indisa, a una cuadra de mi casa y a donde podíamos ir mis hermanas y yo sin ser víctimas de la furia paterna, pero donde todo era horriblemente caro.
La dueña de la pérgola era una señora grande y rubia, como alemana y de ojos azules de esos saltones, fanática de Pinochet y que tenía colgada una foto de Joaquín Lavín, como quien tiene a San Expedito, sobre la caja registradora. “Mi candidato”, le decía. Bueno, todos le decían así por ahí; esto era por el año ’98. La señora era bien gritona y como que lanzaba comentarios desubicados de vez en cuando, pero mi tío le llevaba la contabilidad así que nos trataba bien a mis hermanas y a mi por eso y porque íbamos casi a diario a buscar alguna cosa dulce.
El tesoro más preciado entre los pasteles que habían en la vitrina de la pérgola era el kuchen de nuez. El de berries le hacía la competencia, pero no había como el de nuez. Lo consideraba tan bacán que yo suponía que su elaboración era sumamente compleja como para lograr esa textura semi chiclosa pero riquísima y ese sabor tan cachilupi.
Ahora ya de grande aprendí que es una preparación ridículamente simple y que no requiere más de 5 ingredientes y un tiempo de preparación aproximado de ½ hora – 40 minutos. Por eso, hoy quiero compartir con ustedes esta receta.                                                         
Ingredientes:



  • 1 tarro de leche condensada, ya sea de vaca o de soya
  • 1 pan de mantequilla sin sal (250 grs) o su equivalente en margarina vegetal. 200 gramos deben estar fríos y 50 deben estar pomados (contextura de crema).
  • 100-150 grs de nueces.
  • ½ taza de azúcar
  • 2 tazas de harina




 Como primera cosa, pique las nueces con las manos. No ponga mucho detalle en esto, simplemente píquelas rústicamente. Yo siempre hago este tipo de tareas medio tediosas viendo tele o escuchando música. Mi pensamiento es que, sumadas, 2 tareas no muy productivas hacen un momento productivo. Por ejemplo, ahora pico nueces mientras veo una pelea de la Pamela Díaz con la doctora Cordero.


A continuación, separe 200 gramos de la mantequilla (si viene en pan seguramente tiene marcado en el reverso del envase lo que corresponde a 50 gramos) y troce en cubos. Póngala en un bol y tamice encima una taza de harina. Luego agregue el azúcar y mezcle con la mano. Se irá formando una mezcla grumosa. Añada la segunda taza de harina, la cual debe incorporar igualmente con la mano hasta obtener una masa arenosa que pueda amoldar con la mano y que se “desmigue” fácilmente.


Tome un molde de tartaleta y acomode la masa sobre este, aplastándola con los dedos o con una cuchara para que se amolde. Como consejo, antes de poner la masa frote mantequilla en el molde y espolvoréelo con harina. Esto prevendrá que se pegue y funciona de maravilla.
En el mismo bol en que mezcló la masa, ponga los 50 gramos restantes de mantequilla pomada y vierta el tarro de leche condensada sobre él. Mezcle y añada las nueces picadas. Revuelva.


Vierta esta mezcla sobre el molde y lleve al horno a temperatura media por 20 minutos aproximadamente.


Cada horno es un mundo y uno tiene que aprender a cachar cómo funciona el de uno así que esta es la única instrucción que daré al respecto. En todo caso, no se desinfla nada así que sienta la confianza de abrir la puerta del horno y mirar para adentro. Se busca que se caramelice la leche así que cuando esté tostadito, está listo. No se asuste si ve que aún se mueve la mezcla como jalea en el molde, cuando enfríe va a mejorar el aspecto. Sé que va a sonar súper místico lo que voy a decir considerando que se trata de un horno y probablemente ya me maté con este comentario onda “conoce a tu horno”, pero es que es cierto; las preparaciones dan señales de cuando están listas. Por ejemplo, el olorcito a caramelo. Si ya huele a quemado es mala señal.
Deje enfriar y ¡sirva! Una preparación sumamente fácil, rápida y es una buena opción para la once. Le recomiendo que el tecito o el café se lo tome sin azúcar eso si, porque aunque este kuchen es rico, ¡es muy dulce!




lunes, 11 de marzo de 2013

Tallarines picantes

Uno siempre oye hablar de esos inventos bacanes que fueron resultado de accidentes “simpáticos”.  Por ejemplo, la Coca Cola o el teflón, por hablar de algunos que estén relacionados a la cocina. Creo que la primera vez que oí algún relato acerca de un accidente que se transformó en algo (relativamente) útil fue cuando el abuelo gringo de una compañera de colegio sacó un cigarro de su bolsillo y nos contó cómo se inventaron los Lucky Strike. 



Según el abuelo Jack, había una vez un gallo igualmente gringo que tenía una fábrica de cigarros. A este señor no le iba muy bien ya que su tabaco no tenía ninguna ventaja competitiva en relación al resto del mercado, por lo que estaba al borde de la quiebra y por supuesto, muy bajoneado. Tenía deudas hasta el cogote y para peor, la señora le ponía el gorro*. Un día, hasta se le quemó la fábrica. Chuta, el pobre tipo no quería más guerra. Destrozado, se quedó un tiempo haciendo circulitos en la tierra y llorado su desgracia cuando de repente y de puro deprimido, se le ocurre fumarse un cigarro quemado. Yo no sé nada de cigarros, pero el abuelo Jack nos aseguró que era el pucho más choriflai del mundo y que el señor gringo reconstruyó su fábrica, mandó a tostar todo el tabaco que producía y vendió sus cigarros con la marca “Lucky Strike” y bajo el slogan de “It’s toasted”.



Lo más top de esta versión es que cada vez que pienso en ella inevitablemente la música de fondo es Luchito Jara cantando “Un golpe de suerte”.
Ya de grande escuché una teoría alternativa que no me mueve ni un pelo en comparación a la historia de los cigarros quemados, quizás porque no soy fumona ni de lo uno ni de lo otro: que los lucky strikes se llaman así porque cada cierto tiempo aparece un pito de marihuana en una cajetilla. FOME.

Bueno, la realidad de las cosas, para decepción de los volados y la mía, es que ninguna de las dos versiones es cierta. Si quieren saber más, les recomiendo este link. En todo caso, a mi me da lo mismo, ya que en mi fuero interno los lucky strikes siempre serán resultado de un accidente choro, porque encuentro que es como un cuento redondito donde todo calza con el nombre y el slogan. 

Bueno, ¿y qué tiene que ver todo esto con mis tallarines picantes?
Es que esta receta que les presento a continuación fue, precisamente, el resultado de un accidente.
No quiero entrar en detalles, pero digamos que en un inicio esto quería ser chapsui con tallarines chinos, pero cuando no encontré el wok y me di cuenta de que me faltaba un ingrediente clave (el zapallo italiano, los dientes de dragón… la zanahoria… parece que era más de uno), terminé transformándolo en un experimento raro con cosas que habían en el refri y que derivó en una de las recetas más solicitadas en mi casa.
Con el tiempo he ido añadiendo y quitando cosas hasta llegar a la receta actual que es la que más me gusta y la que les explicaré; tallarines picantes con pollo. Pero los he hecho con atún y vegetariano con champiñones. Se puede hacer vegano casi sin alterar el sabor si se cambia la crema de leche por leche de coco y si no me equivoco, estos tallarines son vegan.
Ingredientes (para 4 personas aprox):
  • 1 diente de ajo
  • 1 cebolla pequeña
  • 2 tomates medianos
  • 1 pimentón rojo o verde (yo uso el que esté más barato)
  • 1/2 pechuga de pollo cocida o asada y desmenuzada
  • 1 paquete de tallarines (spaghetti, corbatitas, lo que más les guste queda rico igual)
  • 1 tarro de crema espesa o 1 cajita de crema de leche o medio tarro de leche de coco.
  • 1/2 ají verde o en su defecto un poco de pasta de ají.
  • Un poquito de albahaca.
  • Un poquito de aceite o agua (no soy muy amiga del aceite)
  • Sal a gusto y pimienta si lo desean (tampoco soy muy amiga de la pimienta aunque me encanta pero ¡me salen espinillas!)
  • Queso rallado si es que quieren.

Como primera cosa, ponga a hervir agua para los tallarines. Pique la cebolla, el tomate y el pimentón en brunoise (cuadraditos chicos) y si no lo ha hecho, desmenuce la pechuga de pollo o corte los champiñones en rodajas.


A continuación, haga los tallarines de acuerdo a las instrucciones del paquete.

En el intertanto haremos nuestra salsa. En un sartén y con un poco de aceite, fría el ajo y la cebolla. Salpimente.


Una vez que se dore, agregue el pimentón, revuelva y fría hasta que ablande.



Luego, añada el tomate y rectifique la sal. Deje al fuego un par de minutos para que el tomate suelte el jugo.




Añada el pollo desmenuzado, la albahaca picada y revuelva. Deje en el fuego un minuto durante el cual, puede colar los tallarines. (Mi consejo para que los tallarines queden de rechupete es echarles un poquito de margarina una vez colados).

Ahora viene lo bueno. Póngale wendy con el ají, a gusto. A algunos nos gusta más picante a lo mero macho y hay otra gente que es más nenita. Cosa de gustos. No se olvide de rectificar la sal.


Retire del fuego, agregue la crema y revuelva. Si espesa mucho simplemente agregue un poquito de agua hirviendo.



Sirva los tallarines con nuestra salsa y agregue queso rallado si gusta.



¡A disfrutar!


Deje su comentario, pregunta, consulta sugerencia, crítica o chuchada por favor. Cualquier feedback se agradece :)



*Lo de la señora que le ponía el gorro no era parte de la historia original, pero lo agregué yo solo porque me parecía necesaria la desgracia extra para exacerbar el sentimiento de desazón del hombre en su situación miserable.

sábado, 9 de marzo de 2013

Opiparísimo


opíparo, ra.

(Del lat. opipărus).
1. adj. Dicho de un banquete, de una comida, etc.: Copiosos y espléndidos.



No es una palabra común, pero si muy chistosa y medio cacofónica. Ese es el nombre de este blog que comienzo a escribir con la idea de documentar mis preparaciones en la cocina. Para "inmortalizar mi obra", como diría algún engrupido. Es que el "arte culinario" conlleva una intervención que en otras manifestaciones artísticas sería "anti" o destructivo: la obra desaparece. Y a pesar de que la idea de algo que cuesta tanto esfuerzo hacer y que perdura tan poco supone cierto romanticismo, yo soy más bien de ideas prácticas; si voy a hacer algo que me significa trabajo, mejor dejo testimonio de ello, ¿no creen? 



En la foto, crema de tomates y bruschetta de tomate cherry

(¿Cómo no iba a citar a la RAE en mi primera entrada? ¡Era justo y necesario!)