jueves, 14 de marzo de 2013

Kuchen de nuez





Hasta los 18 años viví en calle Los Colonos 0416, Providencia, en el que considero por lejos el mejor barrio de Santiago, Pedro de Valdivia Norte. Tiene harto verde, está al lado del San Cristóbal donde pasé todos los fines de semana de mi infancia, las casas son bonitas, está a pocas cuadras del corazón de la comuna y a pesar de que hoy ahí vive gente con cantidades grotescas de plata y uno que otro hipster, dada su ubicación geográfica no es un lugar tan pretencioso ni tampoco huele al arribismo de nuevo rico que te hace sentir incómodo y que es inherente a algunos lugares similares de Las Condes o Vitacura.




Ya no vivo ahí, pero es donde pertenezco, mi lugar de origen y donde hoy me da una extraña sensación de sentirme en casa, pero no tener a dónde ir. Es raro ver la casa que era de uno y no poder entrar, no sé si me explico.


Si bien aún considero que es el mejor lugar de Santiago para vivir, lamentablemente ya no es ni la mitad de bueno de lo que era antes. Cuando yo era chica, se podía jugar en la calle porque no había Costanera Norte y por ende tampoco pasaban micros (aún me acuerdo del enorme pendón que había en el edificio a medio caer en la esquina de Avenida El Cerro con Pedro de Valdivia en protesta contra la carretera).


El teleférico aún funcionaba. Me da mucha pena que ya no, porque el teleférico era para mi lo que supongo para otros niños eran los columpios o los resbalines de la plaza de la esquina. Cuando cumplí 11 o 12 años, no me acuerdo bien, le dije a mi mamá que quería celebrar mi cumpleaños ahí porque muchos de mis amigos del colegio no los conocían. Me pareció la idea más chora del mundo, pero honestamente no pensé que se lo tomaría en serio, ya que probablemente saldría sumamente caro y de todas formas, ¿qué haría mi pobre madre con un grupo de 30 niños una vez que llegáramos arriba?
Sin embargo mi mamá, con lo loca que era (era, porque su maldita enfermedad ya no la dejo serlo tanto), movió cielo, mar y tierra, llamó al administrador, arrendó una cafetería en la cima y con ayuda de mi papá y de José Luis (un gay de 40 años sumamente escandaloso que era una especie de junior multifunción que tenían mis papás en ese entonces y a quien con mis hermanas nos referíamos cariñosamente como a un “hermano” (a mi mamá le decía “mami” y a mi papá, muy a su pesar, “papi”)) hicieron todo un plan de acción sumamente coordinado para subir a 30 cabros chicos saltones en grupos de a 4 a los huevitos.
Fue uno de los mejores cumpleaños que he tenido y probablemente el mejor al que hayan ido mis compañeros. Esta conclusión no es de creída, sino lo que deduzco a raíz de que cada vez que me encuentro con algún ex compañero de colegio  me recuerdan lo bien que lo pasaron esa vez.


Sin embargo, no puedo decir que para mi fue el mejor, ya que dada mi gran imaginación infantil y por sobre todo, gracias a la locura linda de mi madre y a la paciencia de mi padre, tuve cumpleaños y fiestas espectaculares de niña, entre los que se cuentan la gran celebración de un Halloween en Junio (no pregunten), fiestas de disfraces y la excentricidad de un cumpleaños arriba de un avión con destino a cualquier parte a la tierna edad de 3 años.
Te apuesto a que no me creían.

Hoy existe el Costanera Center, pero cuando yo era chica, el único lugar que había para comprar víveres en ese sector era el pequeño centro comercial que hay en Avenida Los Conquistadores atrás de la plaza Padre Letelier (donde siempre íbamos con mis hermanas a ver cómo grababan las teleseries de TVN cuando aún eran buenas). A los 8 años, mi mamá me dejó caminar solita las 7 cuadras entre mi casa y el minimarket “El Pozuelo” para comprar el pan, lo que causó una gran discusión con mi papá, quien no podía creer que su señora hubiese dejado ir a “la niña” sola y a su suerte. Tiempo después se puso una pérgola/cafetería al interior de la clínica Indisa, a una cuadra de mi casa y a donde podíamos ir mis hermanas y yo sin ser víctimas de la furia paterna, pero donde todo era horriblemente caro.
La dueña de la pérgola era una señora grande y rubia, como alemana y de ojos azules de esos saltones, fanática de Pinochet y que tenía colgada una foto de Joaquín Lavín, como quien tiene a San Expedito, sobre la caja registradora. “Mi candidato”, le decía. Bueno, todos le decían así por ahí; esto era por el año ’98. La señora era bien gritona y como que lanzaba comentarios desubicados de vez en cuando, pero mi tío le llevaba la contabilidad así que nos trataba bien a mis hermanas y a mi por eso y porque íbamos casi a diario a buscar alguna cosa dulce.
El tesoro más preciado entre los pasteles que habían en la vitrina de la pérgola era el kuchen de nuez. El de berries le hacía la competencia, pero no había como el de nuez. Lo consideraba tan bacán que yo suponía que su elaboración era sumamente compleja como para lograr esa textura semi chiclosa pero riquísima y ese sabor tan cachilupi.
Ahora ya de grande aprendí que es una preparación ridículamente simple y que no requiere más de 5 ingredientes y un tiempo de preparación aproximado de ½ hora – 40 minutos. Por eso, hoy quiero compartir con ustedes esta receta.                                                         
Ingredientes:



  • 1 tarro de leche condensada, ya sea de vaca o de soya
  • 1 pan de mantequilla sin sal (250 grs) o su equivalente en margarina vegetal. 200 gramos deben estar fríos y 50 deben estar pomados (contextura de crema).
  • 100-150 grs de nueces.
  • ½ taza de azúcar
  • 2 tazas de harina




 Como primera cosa, pique las nueces con las manos. No ponga mucho detalle en esto, simplemente píquelas rústicamente. Yo siempre hago este tipo de tareas medio tediosas viendo tele o escuchando música. Mi pensamiento es que, sumadas, 2 tareas no muy productivas hacen un momento productivo. Por ejemplo, ahora pico nueces mientras veo una pelea de la Pamela Díaz con la doctora Cordero.


A continuación, separe 200 gramos de la mantequilla (si viene en pan seguramente tiene marcado en el reverso del envase lo que corresponde a 50 gramos) y troce en cubos. Póngala en un bol y tamice encima una taza de harina. Luego agregue el azúcar y mezcle con la mano. Se irá formando una mezcla grumosa. Añada la segunda taza de harina, la cual debe incorporar igualmente con la mano hasta obtener una masa arenosa que pueda amoldar con la mano y que se “desmigue” fácilmente.


Tome un molde de tartaleta y acomode la masa sobre este, aplastándola con los dedos o con una cuchara para que se amolde. Como consejo, antes de poner la masa frote mantequilla en el molde y espolvoréelo con harina. Esto prevendrá que se pegue y funciona de maravilla.
En el mismo bol en que mezcló la masa, ponga los 50 gramos restantes de mantequilla pomada y vierta el tarro de leche condensada sobre él. Mezcle y añada las nueces picadas. Revuelva.


Vierta esta mezcla sobre el molde y lleve al horno a temperatura media por 20 minutos aproximadamente.


Cada horno es un mundo y uno tiene que aprender a cachar cómo funciona el de uno así que esta es la única instrucción que daré al respecto. En todo caso, no se desinfla nada así que sienta la confianza de abrir la puerta del horno y mirar para adentro. Se busca que se caramelice la leche así que cuando esté tostadito, está listo. No se asuste si ve que aún se mueve la mezcla como jalea en el molde, cuando enfríe va a mejorar el aspecto. Sé que va a sonar súper místico lo que voy a decir considerando que se trata de un horno y probablemente ya me maté con este comentario onda “conoce a tu horno”, pero es que es cierto; las preparaciones dan señales de cuando están listas. Por ejemplo, el olorcito a caramelo. Si ya huele a quemado es mala señal.
Deje enfriar y ¡sirva! Una preparación sumamente fácil, rápida y es una buena opción para la once. Le recomiendo que el tecito o el café se lo tome sin azúcar eso si, porque aunque este kuchen es rico, ¡es muy dulce!




4 comentarios:

  1. Maka! Buenísimo el relato y la receta! Me vi en la foto del cumpleaños en el teleférico jejeje No me acordaba, pero ahí está la evidencia.
    Pregunta: hay forma de sustituir el azúcar por otra cosa? Miel, por ejemplo...o no?

    besos y seguiré atenta al blog!

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    1. Paula! La foto no es del cumple en los teleféricos, sino de uno cuando éramos más chicos. Creo que para el cumple del teleférico tu andabai por las europass aún :) Con respecto a sustituir el azúcar, claro que se puede. De hecho, la masa se puede hacer sin endulzar porque ya la leche condensada es harto dulce. Saludines!

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    2. Pfff jajajaja con razón no tenía ningún recuerdo! Pero si que me acuerdo de uno cuando eras más grande. Fuimos a los teleféricos y después a tomar once al Villa Real :D

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  2. Ya, bakán. Tengo algo divertido para hacer este fin de semana.
    Te pasaste!! Después te cuento cómo me fue.
    Y claro, disfruté mucho el relato :)

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